Los sustitutos de glifosato e imidacloprid también resultan letales para las abejas

Es un fenómeno más sutil, donde la mortalidad puede pasar desapercibida pero sí hay una disminución de la longevidad de sus abejas. Y si bien la despoblación es más lenta, la colmena se termina muriendo

En Uruguay, un equipo de investigadores, liderado por Karina Antúnez, está estudiando el tema específico de cómo algunos pesticidas afectan a las abejas. Para ello, observa qué pasa con las abejas cuando son expuestas crónicamente, es decir, todos los días, ante distintos agroquímicos, así como con exposiciones agudas, es decir, a una determinada cantidad por una única vez. En particular, estos investigadores estudian qué pasa con la microbiota intestinal de las abejas, la comunidad de bacterias que cumple un rol fundamental en la salud de abejas, humanos y todo organismo con un tracto digestivo, con su sistema inmune y cómo afectan los pesticidas a la supervivencia de las fieles polinizadoras.

En 2021 Karina Antúnez, que investiga en el Laboratorio de Microbiología y Salud de las Abejas del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), y sus colegas del mismo laboratorio, Loreley Castelli, Sofía Balbuena y Pablo Zunino, junto con Belén Branchiccela, de la Sección Apicultura de la Estación La Estanzuela del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA), publicaron un trabajo que reportaba los daños que el herbicida glifosato, el más empleado en el mundo y en Uruguay, que causaba alteraciones en la microbiota de la abejas cuando además estas eran estresadas por patógenos, a la vez que acortaba la vida de estos insectos.

Sofía Balbuena, Loreley Castelli, Pablo Zunino y Karina Antúnez vuelven a aportar valiosa evidencia respecto de cómo las abejas son perjudicadas por otros dos agroquímicos, el herbicida glufosinato de amonio y el insecticida sulfoxaflor, en un artículo que acaba de ser publicado en la revista Science of the Total Environment.

Los plaguicidas: una sucesión complicada

En 2021, según datos de la DGSA, se importaron diez toneladas de sulfoxaflor. No es una gran cantidad. Lo mismo sucede con el glufosinato: en 2021 se importaron 192 toneladas. Es una cifra más grande, pero ni se compara con la cantidad importada de glifosato, el producto al que podría sustituir (6.325 toneladas en 2021). Los datos le dan la razón a Antúnez: al menos esta vez la evidencia llega antes de que el uso de estos agroquímicos se extienda.

“Con el glifosato y el imidacloprid generamos información pero, si se quiere, llegamos tarde. En este caso, queríamos generar información para tratar de prevenir, de que lo que encontráramos sirviera para decidir recomendaciones de uso”, confirma Antúnez. La intención de este grupo de investigadoras y sus colegas se refuerza en trabajos realizados por científicos de otras partes. Porque si bien el uso del glufosinato y del sulfoxaflor está en una etapa inicial en Uruguay, en otras partes se comenzó a usar antes y la ciencia también aportó evidencia. Tanto que el glufosinato de amonio fue prohibido en Europa en 2009 debido a “consideraciones toxicológicas”, mientras que el sulfoxaflor fue prohibido en Francia en 2019 al ser clasificado como “altamente tóxico para las abejas”.

“En este estudio, evaluamos el impacto de la exposición crónica y aguda a dosis subletales de glufosinato de amonio y sulfoxaflor en la microbiota intestinal, la inmunidad y la supervivencia de las abejas melíferas”, reportan. Y para ello requerían, obviamente, de abejas, por lo que recolectaron “cuadros con cría sellados de colonias sanas” del apiario experimental del INIA La Estanzuela.

Nosotros contamos la mortalidad durante 30 días, ya que puede haber daños que no se estén viendo en esos primeros tres días”, enfatiza Antúnez. “De hecho, hay una discusión para tratar de que los ensayos de dosis letal 50 no se hagan solamente a las pocas horas de exposición, sino que se extienda el tiempo de evaluación. Allí seguramente las dosis letales para todos los pesticidas serían más bajas”, dice y uno se imagina las presiones enormes que deben existir para que algo así no suceda.

“Es muy difícil en el campo evaluar qué es lo que mata a las abejas. Cuando hay una intoxicación y hay mortalidad, que llegan y encuentran cientos de colmenas despobladas con las abejas muertas alrededor, es notorio”, prosigue Antúnez. “Lo que nosotros estamos estudiando con esto es un fenómeno mucho más sutil. Aquí vemos mortalidades que pueden pasar desapercibidas, porque las dosis son menores, porque las causan productos que están habilitados, y entonces no es que el apicultor llega al campo y ve su colmena completamente despoblada. Sin embargo, sí hay una disminución de la longevidad de sus abejas. Y si bien la despoblación es más lenta, la colmena se termina muriendo”, explica.

“Nosotros vamos a eso, a no mirar solamente las grandes mortandades, sino a ver los efectos que pueden estar teniendo en bajas dosis que pueden pasar desapercibidos y que, tal vez por ser más sutiles, se pueden atribuir a otras causas”, resume.

Afectando la microbiota

En el trabajo reportan que “la exposición crónica a una dosis subletal de glufosinato de amonio durante siete días redujo significativamente el número de células de la microbiota intestinal. La exposición aguda generó el mismo efecto”.

En el otro caso, reportan que “la exposición crónica a dosis subletales de sulfoxaflor durante siete días aumentó significativamente el número de bacterias dentro de la microbiota intestinal” y que eso “alteró la composición de la microbiota”. Porque no siempre más es más. Una microbiota saludable es una comunidad en la que diversos grupos están representados. Cuando se altera esa comunidad se produce una disbiosis, algunos microorganismos desaparecen y su lugar es tomado por otros que pueden alterar el equilibrio de esa microbiota y comprometer la salud del holobionte, la entidad que todos los animales somos y que comprende a la totalidad de las células de nuestro cuerpo y de toda la microbiota que vive en él.

“Que se afecte la microbiota no es un parámetro que tú medías en el campo, pero si se altera la microbiota quiere decir que estos plaguicidas también afectan otras cosas”, agrega Castelli.

“Además de la inmunidad individual, las abejas poseen inmunidad social, un mecanismo de defensa colectivo que se origina en la cooperación entre individuos”, dice el artículo.

“Por ejemplo, producen glucosa oxidasa para la esterilización de alimentos y de la colonia”. Esa enzima convierte un tipo de glucosa en ácido y en peróxido de hidrógeno, la popular agua oxigenada que utilizamos para desinfectar. “Las propiedades antisépticas del peróxido de hidrógeno pueden prevenir el crecimiento de bacterias y hongos”, continúa el trabajo. Es decir, las abejas generan su propio antiséptico con el que van esterilizando el alimento así como cada rincón de la colmena.

En el genoma de la abeja, en comparación con otros insectos, se ha reducido mucho la cantidad de genes vinculados a la inmunidad. Una de las explicaciones es que las abejas desarrollaron mecanismos de inmunidad social para sobreponerse a la infección de diferentes plagas y patógenos. Tienen comportamientos que las ayudan a defenderse y no dependen tanto de una defensa inmune individual”, explica.

“Las abejas tienen lo que se llama fiebre social. Se acumulan en un sitio, aumentan la temperatura, y generan un ambiente inhóspito para, por ejemplo, hongos patógenos. También detectan crías o larvas que están infectadas o muertas y las sacan de la colmena, evitando así que se conviertan en un foco de infección”, amplía Castelli.

“La producción de glucosa oxidasas entra en eso. La abeja la produce en las glándulas hipofaringeas, se secreta a la jalea real y a la miel, que es el alimento de las próximas generaciones. Entonces con eso no solamente están protegiendo a las abejas que hay en ese momento en la colmena, sino también a las crías que van a nacer”, comenta Antúnez. Y toda esa maravilla de la evolución viene a ser arruinada por un pesticida.

En el trabajo reportan que el glufosinato intercede con la producción de las enzimas glucosa oxidasas que son las que crearán el sanitizante que protege a la colmena. “Eso estaría disminuyendo este mecanismo de defensa social importante”, comenta Antúnez.

En el caso del sulfoxaflor, observaron otras alteraciones que dañan al sistema inmune. “El sulfoxaflor afectó la producción de lisozimas y de la himenoptaecina. La expresión de himenoptaecina aumenta en las abejas expuestas al sulfoxaflor, mientras que la de lisozimas se reduce. Esa es una señal de que ese insecticida está afectando la expresión de genes que se sabe que son característicos para la defensa de las abejas”, explica Castelli.

Acortando vidas

Los dos agroquímicos, aplicados tanto en pequeñas dosis durante varios días o mediante una única exposición, afectaron la microbiota y alteraron la expresión de compuestos generados por el sistema inmune de las abejas. Pero eso no fue todo. “Ambos pesticidas acortaron la supervivencia de las abejas y aumentaron su riesgo de muerte”, señalan en el artículo.

En este trabajo, las abejas del grupo de control, es decir, aquellas que sólo bebieron jarabe y nunca se expusieron a los pesticidas, se redujeron a la mitad hacia el día 23 en algunos experimentos y hacia 18 en otros. Podríamos decir que ese fue el promedio de vida en estos casos. ¿Qué pasó con las que fueron expuestas tanto crónica como en forma aguda al glufosinato y al sulfoxaflor? Nada bueno.

Si las abejas vivieron unos 23 días en promedio, y ya que son hembras, tomemos la esperanza de vida de las mujeres en Uruguay (la de los hombres es menor), burdamente podemos pasar esos 23 días a términos humanos y decir que las abejas sin exposición a pesticidas vivieron unos 80 años humanos.

En el trabajo reportan que “el tiempo letal 50 se estimó en 10 y 11 días para las abejas tratadas con 500 y 50 microgramos por mililitro de glufosinato de amonio respectivamente”. La exposición crónica a bajas dosis implicó entonces que las abejas, que debieron haber vivido al menos 80 años, murieron a los 35 años en el caso de la dosis mayor y a los 38 en el caso de la dosis menor. ¡Las abejas expuestas a bajas dosis de glufosinato no alcanzaron a vivir la mitad de sus vidas!

La suerte de las que se expusieron de forma aguda a la dosis de 500 microgramos por mililitro de glufosinato una única vez fue apenas mejor: la mitad murieron hacia el día 17. En años humano vivieron hasta los 59.

En el caso del sulfoxaflor, las cosas fueron también poco alentadoras. En este experimento las abejas que no fueron expuestas al agroquímico alcanzaron en promedio a vivir hasta los 18 días. Así que 18 días pasan a ser los 80 años humano.

Las abejas que recibieron la dosis crónica de 0,125 microgramos de sulfoxaflor por litro de jarabe vivieron 17 días. Nada mal, en lugar de 80 llegaron a los 75. Ya las que recibieron crónicamente 0,25 microgramos vivieron 14 días, es decir, unos 62 años humano. Luego las que recibieron 0,5 microgramos de sulfoxaflor vivieron en promedio 13 días, es decir, apenas 57 años humano, mientras que las que recibieron 1 microgramo la quedaron al séptimo día, es decir, vivieron sólo 31 años humano.

La exposición oral aguda a sulfoxaflor también disminuyó significativamente la supervivencia de las abejas melíferas en comparación con el grupo de control.

En este caso, las abejas del grupo de control vivieron 23 días, así que ese será nuestro estándar humano para fijar los 80 años. Las abejas que recibieron el pesticida en una dosis única de 0,5 microgramos por litro de jarabe vivieron en promedio 17 días, es decir, llegaron a los 59 años. Las que recibieron la dosis de 1 microgramo de sulfoxaflor apenas llegaron a los 15 días, es decir, vivieron 52 años humano.

¿Qué hacer con la evidencia?

Pensando en voz alta: lo mejor, sobre la base de esta evidencia, es que se vaya por el camino de Europa con el glufosinato y por el de Francia con el sulfoxaflor, es decir, que se prohiba su uso. Otra línea podría pasar por tener guías de aplicación más estrictas, con zonas de restricción… “o avisar con cierto tiempo para que el apicultor pueda tomar recaudos. Tiene que haber más diálogo entre la apicultura y la agricultura”, propone Antúnez.

“Lo ideal sería buscar otras estrategias para suplir el uso de estos pesticidas, otras formas de producción”, dice Castelli. Les pregunto si en Europa, que prohibieron el glufosinato de amonio y hay resistencias para el uso del glifosato, encontraron un herbicida amigable con los polinizadores. “Creo que la solución pasa más por dejar de usar productos químicos e ir hacia otro tipo de estrategias. Por ejemplo, aquí hay un plan nacional de agroecología. Hay que producir de una forma más amigable con el ambiente”, responde Antúnez.

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