Estrés y pérdidas de colmenas: el peaje de la migración

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Cada año, el 90% de las colmenas de Estados Unidos se desplaza a las megaplantaciones de almendros en flor, con las abejas expuestas a pesticidas tóxicos y enfermedades.

Cada año a mediados de febrero, las hileras interminables de almendros del valle central de California despiertan de su letargo invernal y se cubren con un manto blanco de flores. En este lugar se producen el 80% de todas las almendras del planeta, una industria agrícola colosal que ha vivido un boom en las dos últimas décadas, y cuyas cosechas dependen de una mano de obra muy particular: abejas de la miel llegadas de todos los rincones de Estados Unidos. 

El transporte a larga distancia de colonias para servicios de polinización y producción de miel se asocia con un aumento del estrés y la pérdida de colonias, ya que las abejas melíferas no pueden buscar alimento durante el transporte y pueden verse sometidas a un calor o un frío excesivos, según la estación.

“Supone mucha presión para las abejas, por el transporte, porque las ponemos en contacto con enfermedades”, asegura Fauvel, aunque apunta que, según sus datos, no hay diferencias significativas a nivel de salud entre las colonias que viajan a los campos de almendros y las que no. 

El monocultivo del almendro a gran escala también implica un uso masivo de pesticidas para tratar de controlar las plagas, pues los agricultores fumigan sus campos con 16 millones de kilos de pesticidas al año, muchos de ellos considerados altamente tóxicos todavía permitidos –la Unión Europea ha prohibido ya algunos de ellos–.

La investigadora Brittney Goodrich encuestó a 77 apicultores que participaron en la polinización de los almendros en 2020 y 2021: el 19% afirmó que algunas de sus colonias murieron tras una “exposición letal” a los pesticidas, y para el 56%, sus colmenas habían sufrido una exposición “subletal”. Por ejemplo, por el uso de fungicidas durante la floración, que no son tóxicos para las abejas adultas, pero sí afectan al desarrollo de los huevos y las larvas en las colmenas. 

El Almond Board of California, el ente que representa a la industria, publicó en 2018 una guía de buenas prácticas para mantener a las abejas a salvo durante la polinización: sus recomendaciones incluyen aplicar pesticidas de noche, cuando han dejado de volar los polinizadores, no fumigar directamente las colmenas, o preparar bebederos seguros para las abejas, para que no beban agua contaminada por pesticidas.  

El apicultor Gene Bradi asegura que, en su zona del valle Central, la mayoría de los productores están adoptado esas buenas prácticas. “Ha supuesto una gran diferencia en el impacto que pueden sufrir las abejas durante la floración”, dice. 

Algunos agricultores también están trabajando para que sus campos sean menos hostiles para todo tipo de insectos beneficiosos. Por ejemplo, plantando flores entre las hileras de almendros, se puede favorecer a los insectos que controlan las plagas de forma natural y a los polinizadores silvestres. En Estados Unidos hay 4.000 especies de abejas autóctonas, y la adorada abeja de la miel, la Apis Mellifera, no es una de ellas: llegó hace 400 años con los colonizadores europeos. Y los tres millones de colmenas tienen un impacto notable sobre los polinizadores silvestres, según los científicos. 

“Las abejas de la miel son muy eficaces extrayendo polen de los ecosistemas”, explica la ecóloga Sheila R. Colla, de la Universidad de York en Toronto. “Un estudio en Utah mostró que el polen extraído por una sola colmena era suficiente para alimentar a 3 millones de abejas solitarias nativas”.

Al mismo tiempo, diversos estudios muestran que, con las condiciones adecuadas en los campos, los polinizadores silvestres como las abejas solitarias, los abejorros o las mariposas son tan efectivos o más que las abejas de la miel a la hora de polinizar cultivos.

“El colapso de las colonias y las tasas de supervivencia invernal son señales de alarma que indican el peligro de depender de una única especie no autóctona. Si queremos resiliencia, especialmente ante el cambio climático, las tierras agrícolas deben mantener una comunidad rica, abundante y diversa de polinizadores autóctonos”, incide esta ecóloga.